La humanidad de Malkolm X

May 19, 2020

Por Tatiana Bonilla

“Mi madre hacía un gran caldo de hierbas y eso era lo que comíamos. Recuerdo que un vecino retrasado decía que comíamos “hierba frita”, y los niños se reían de nosotros. Otras veces, con un poco de suerte, podíamos comer cocido de avena o de maíz tres veces al día, o cocido por la mañana y pan de maíz por la noche.”

Autobiografía de Malcolm X, pág. 30.

 

Malcolm X sigue siendo una figura representativa y a menudo mucho más que un hombre. Algunos y algunas diremos que se trató de un valiente, dispuesto a demostrarnos que los derechos se obtienen por los medios que sean necesarios, aunque sea una característica impopular por lo mal recompensada. A él le sobrevive la imagen tergiversada que se le asigna a las personas racializadas con la voluntad para cuestionar la inequidad social, los abusos de poder, las brechas económicas y en general, la estructura que crea otredades a diestra y siniestra, para corporalizar la diferencia y mantenerla al margen.

A Malcolm se le condena el orgullo de nombrarse negro y su renuncia irrevocable al deseo de querer “ser para el blanco”. Se le tilda de alborotador y violento, porque su actitud ante las condiciones objetivas e históricas que tuvo que vivir distaba de ser complaciente, aún cuando sólo tuvo a su favor una mente brillante, una particular elocuencia y la necesidad de asumir el cambio en un mundo que todavía nos disputa nuestra parte. Frecuentemente se compara su vida con la de otros líderes negros, para enfatizar en su potencia combativa y equipararlo con la idea del “negro salvaje y pasional” que nutre toda clase de fantasías y posibilita la negación de su humanidad, pero no hay diferencia entre el racismo que se ensañó con Martín Luther King Jr. y el que él sufrió desde niño.

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Martin Luther King Jr. y Malcolm X, en su único encuentro. Tomada de: www.dallasnews.com

Nació el 19 de mayo de 1925 en Omaha, Nebraska, cuarto de los siete vástagos de Earl Little y Louise Norton. Su padre, seguidor de las ideas de Marcus Garvey, fue asesinado por supremacistas blancos y la señora Louise sufrió constantes trastornos de índole psicológica, acentuados por el acoso estatal ante las dificultades económicas para mantener a sus hijas e hijos. Malcolm pasó por varios hogares de acogida y estudió en una escuela para blancos, donde destacaba por su inteligencia y en donde se esforzaron por minar sus aspiraciones, por lo que se dedicó a probar suerte en las calles. Fue limpiabotas, dio tumbos de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad, hasta llegar a Harlem, lugar donde se vinculó con las dinámicas del hampa. Vendió y consumió drogas, fue proxeneta, ladrón y antes de cumplir 21 años ya estaba en prisión. Allí tuvo contacto con la Nación del Islam (NOI), cuya filosofía hizo eco en él, por tratarse de una espiritualidad que le hablaba de justicia a un pueblo que no tiene amigos.

En 1952, al salir de la cárcel bajo libertad condicional, tuvo la posibilidad de relacionarse directamente con Elijah Muhammad, líder de la Nación, con quien había sostenido intercambio epistolar y el cual lo acogió de manera especial, aunque una década después tuvieran grandes diferencias. Éstas fueron motivadas por las reflexiones políticas de Malcolm sobre la emancipación real del pueblo afroamericano y la posición de la Nación del Islam frente a la avanzada racista. Malcolm adoptó la letra X como único apellido hasta que hizo la peregrinación a la ciudad de La Meca, que consiste en visitar la Kaaba, mezquita primigenia del islam, de donde retornó convertido en El-Hajj Malik El-Shabazz.

Su vida es digna de estudio. Tuvo que reinventarse tantas veces que en su experiencia están contenidas las múltiples realidades del ser negro, no como una condición natural y biológica sino como una construcción social surgida en contextos de dominación en que el africano y su descendencia siempre están en desventaja. En ese orden de ideas, la noción de poder negro propuesta por Malcolm X es una apuesta que va más allá de las trampas del color. Es decir, no se trata de la disyuntiva entre negros y blancos, sino que hace énfasis en las divisiones del mundo que se expresan de manera particular para oprimidos y opresores, en que la puja no es sólo por el reconocimiento sino también por la redistribución.

 

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Muhammad Ali y Malcolm X, con niñas y niños de un barrio en Miami. Tomada de: Sports Illustrated.

Así pues, en el marco de la crisis económica, social y política que se agudiza por una pandemia y en que las principales víctimas son las personas racializadas, es un imperativo categórico continuar con la labor de Malcolm X para la configuración de una filosofía política en que se reconozcan nuestras identidades afrodiaspóricas y se organicen las expresiones de dignficación de nuestros pueblos, a través de la consolidación de estrategias económicas que realmente nos sirvan para librarnos de la pobreza, la marginalidad y la dependencia que nos condenan a ciudadanías de segunda y tercera clase.

Si bien se nos enseña con demasiada ligereza que Malcolm fue víctima de su propia predica, hay que recordar que fue asesinado porque estaba logrando internacionalizar el conflicto racial y la desigualdad desde una posición política que venía desde el gueto, con la potencia para unificar a las organizaciones negras y hacer evidente la hipocresía de los gobiernos. Una vez más, es necesario articular la lucha de los pueblos afrodescendientes y no sólo denunciar la opresión.

La dignificación de las y los subalternizados del mundo no vendrá con la pasividad. ¡Estos son tiempos para la memoria y el Poder Negro!

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