DEL RACISMO EN COLOMBIA: EL CUENTO QUE NOS COMIMOS ENTERO.

Tomado de: www.hiphopbattle.com

Durante esta semana ha venido difundiéndose viralmente la noticia de un afro-descendiente, quien, en pleno centro de Bogotá, protagonizó una fuerte manifestación de indignación contra unos agentes de Policía, a quienes acusaba de racistas. Pero lo que se ha difundido no es solamente este video; de su lado también se ha propagado la indignación y la exhibición de una realidad tácita de la vida diaria colombiana.

Por otro lado, se difundió otro video, esta vez procedente de Estados Unidos, donde, como es ya común, la policía comete un acto de abuso de autoridad, de la mano de una expresión de racismo: un joven (aparentemente menor de edad) quien, simplemente por cruzar mal la calle, es detenido, golpeado y reducido por un grupo de aproximadamente 6 agentes, uno de los cuales también es afroamericano.

Lo curioso de todo esto es que, mientras se expresa a todo grito una indignación general por este tipo de actos, se hace evidente que en Colombia el racismo no es un tema del siglo pasado ni del anterior a este, es una herencia que nos dejaron los colonizadores y que se ha enraizado profundamente en nuestro inconsciente. O, para ser menos delicado: es una maldición que nos persigue y que es aceptada abiertamente por muchos de los colombianos que se creyeron el cuento de la superioridad de la raza mestiza sobre la negra y la india. Esta gente que parece desconocer completamente su historia y procedencia, y que interiorizó sin mayor reflexión el discurso promulgado por Laureano Gómez, personaje al que homenajearon con un colegio en Bogotá que lleva su nombre. Pero también nos llegó la influencia de Hitler, y, para hablar de la actualidad, hasta hay colombianos apoyando a Donald Trump. El colmo de la desfachatez.

Tomado de: www.laprensa.hn

En estos casos vemos un factor común: son esos personajes los que representan una especie de símbolos de autoridad. Y son estos los que sirven como voces y ejemplos a los que muchas personas siguen; son los que reproducen discursos xenófobos, racistas, clasistas y que imponen una suerte de imaginario colectivo que inunda el ambiente nacional de una sensación de tensión racial. En efecto, aunque hemos dado importantes pasos hacia el reconocimiento de la igualdad racial, parece que estos pasos no están más que dados en el papel; si bien la Constitución del 91 reconoce, en su artículo número 13 el trato igualitario independiente “de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”, a diario en las calles, en la universidad, en el transporte público, se ven situaciones que evidencian el pensamiento racista del colombiano. Y es que ese racismo no se expresa solamente en insultos, rechazos o exclusiones, también se hacen evidentes en el mero hecho del trato diferencial hacia las personas de otras etnias. Pregúntese si alguna vez ha evitado discutir con un afro precisamente por miedo a ser acusado de racista, aunque usted no se declare como tal; o si no ha escuchado personas que, aún reconociéndose como no racistas e incluso teniendo familiares afro-descendientes, se atreven a usar como insulto la palabra “negro” en medio de una discusión: “¡Negro hijueputa!”.  Como si el color de su piel fuese un defecto o un argumento para desmeritar al otro.

Lo más extraño es que este de tipo de cosas nos extrañen, como si fuesen casos extraordinarios, fuera de lo normal. Lo que debe realmente extrañarnos es precisamente esto último: ¡Que es normal! Que dejamos exterminar ideológica, simbólica, materialmente a nuestras raíces aborígenes; no somos culpables de ello, si nuestros antepasados dejaron que así fuera, contribuyeron a ello o jugaron un papel de actor pasivo en este exterminio, pero esto no nos libra entonces de las responsabilidades que tenemos en la actualidad, con los pueblos sobrevivientes, con los indígenas que han resistido durante siglos, con los afrocolombianos y con las nuevas identidades que se han formado en estos tiempos.

Tomado de: www.alanalentin.net

Los usos lingüísticos a que recurrimos a diario son uno de esos elementos que debemos tener en cuenta para cumplir con la labor que tenemos pendiente. Para reconocer la igualdad del trato al otro, debemos entonces dejar de discriminarle lingüísticamente y no reconocerle como “negro”, “indio”, etc., sino simplemente como otro, con el que convivimos y al cual debemos mucho de lo que tenemos, de lo que somos y de lo que debemos ser. Por esto anterior podría entonces decirse que esas descripciones que se han hecho más arriba sobre “afros”, “indígenas” y demás, contradirían con esta última propuesta. Y en efecto así puede ser, pero hay que reconocerles como comunidades que han sido vulneradas y cuyos derechos deben ser reivindicados, restituidos y que, hasta no lograrse este objetivo, no podemos entonces reconocerles como iguales, ya que de facto, no se les reconoce como tales: son ignorados, sus derechos violados con el consentimiento no sólo estatal sino que aceptado por gran parte de la sociedad. Es debido a ese contexto social por el cual debe haber un compromiso general, si bien a reconocerles como comunidades con características particulares culturalmente, no por ello perpetuar la desaparición y discriminación excluyente.

Pero nuestro compromiso no debe reducirse solamente al ámbito lingüístico, sino a un compromiso político, simbólico, ideológico, práctico e introspectivo. Toda una revolución en nuestro pensamiento que nos lleve a no temerle, no excluirle, no creerlo mejor, ni peor a aquel en el que actualmente reconocemos como un diferente, pero que sólo es un otro.

Tomado de: Historia Americana X

Por: Oscar  Moreno Carreño

Julián Roncancio Zambrano

Politólogo. Candidato a Especialista en Políticas Públicas para la Igualdad de América Latina.

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